
Hoy lo recuerdo: tengo 19 años, es el mes de agosto de 2014 y tengo en mis manos la edición 70 de la revista “Ventana” de la Escuela Bancaria y Comercial, mi alma máter. Es una emoción doble, puedo leer en la página 18 el artículo titulado “Socialmente Útiles” que lleva mi nombre como firma y, por otra parte, inicio el quinto semestre de la licenciatura en Economía, tengo nuevos compañeros en el salón de clases e intento mostrarles el motivo de mi alegría. De hecho, aún conservo el titular impreso. ¡Ja! me doy ternura, soy una idealista empedernida que no tenía idea de todo lo que le aguardaba:
“Llamamos iluminación de Vincennes a un pasaje conmovedor de la vida de Jean-Jacques Rousseau: una epifanía. Es 1749, el filósofo tiene 37 años de edad, acaba de leer la convocatoria a un concurso de ensayo sobre artes, ciencias y costumbres. De pronto, el joven filósofo queda deslumbrado por su propia mente: las ideas lo asaltan en tropel, su pecho se agita, su corazón palpita con violencia, algo le produce asfixia y, yaciente bajo la sombra de un árbol, descubre que ha llorado a mares.
¿Qué vio Rousseau en esos minutos? Vio su propia obra futura, pero con una claridad que, confiesa él mismo, nunca pudo reproducir: las contradicciones del sistema social, los abusos de las instituciones, la bondad natural del hombre.
Estoy en el edificio F de Campus Reforma. Salgo del elevador del quinto piso y me topo con un cartel que reproduce el pensamiento de un miembro de nuestra comunidad: “No estamos en la vida para hacer una gran fortuna, sino para ser útiles a la sociedad.”
Leo dos veces la oración e inmediatamente experimento mi propia Iluminación de Vincennes: Soy útil, luego existo.
En alguna etapa de nuestra más tierna infancia, descubrimos que el exterior y los seres que lo pueblan están íntimamente relacionados con nuestra propia vida. A partir de ese hallazgo, entendemos que también nuestra vida afecta al exterior. Y la conclusión siempre es la misma: para sobrevivir es necesario desarrollarse en un ambiente de cooperación y con la plena voluntad de ser útil al conjunto. Así, el hacer el bien deja de ser una conducta meramente moral o meramente religiosa, y se transforma en una posición política que tiene como principio el beneficio colectivo.
Imagino la vida como un círculo hecho con piezas de dominó: todo movimiento personal afecta a otros y regresa a nosotros, tarde o temprano.
Pero, cuidado, de lo anterior no debemos concluir que hacer el bien es una estrategia de simple conveniencia personal. Sí, por supuesto que el beneficio colectivo es también provechoso para el individuo; pero el motivo de nuestras acciones debe surgir de observar el hecho irrebatible de que cada uno de nosotros forma parte de un todo, al que llamamos Universo, y que lo que hacemos a los otros (seres humanos, plantas, animales y naturaleza en general) nos afecta directamente y de modo personal.
Conscientes de nuestra función como individuos, el siguiente paso es unir esfuerzos para impulsar progreso desde nuestra posición privilegiada: somos miembros de una comunidad estudiantil que está decidida a generar cambios y crear, a través de ellos, una sociedad más justa, más igualitaria, más libre, más feliz.”
Cinco agostos después, reconozco lo necesario que es el perderse en una isla paradisíaca, darse un chapuzón en el mar de los recuerdos y no volver hasta encontrar el momento en que todo comenzó.
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